¿Te ocurre algo de esto?
Entender qué está intentando hacer tu mente y tu cuerpo es una parte importante del proceso.
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Hay recuerdos que todavía te remueven mucho.
Aunque haya pasado tiempo, determinadas experiencias siguen provocándote emociones intensas cuando vuelves a ellas.
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Hay situaciones que evitas sin saber muy bien por qué.
Lugares, personas, conversaciones o determinadas circunstancias pueden generar un malestar que prefieres no afrontar.
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Tu cuerpo reacciona antes de que puedas entender qué ocurre.
Tensión, miedo, bloqueo, sobresalto o una sensación de peligro pueden aparecer de forma muy rápida.
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Te cuesta sentirte realmente seguro/a.
Incluso cuando aparentemente todo está bien, una parte de ti permanece pendiente de lo que podría ocurrir.
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Hay momentos en los que te bloqueas o desconectas.
Ante determinadas situaciones puedes quedarte paralizado/a, sentirte ausente o tener dificultades para identificar lo que estás sintiendo.
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Algunas situaciones actuales provocan emociones que parecen demasiado intensas.
Sabes que lo que está ocurriendo quizá no es para tanto, pero lo que sientes resulta difícil de controlar.
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Hay patrones que se repiten en tus relaciones.
Miedo al rechazo, dificultad para confiar, necesidad de agradar, problemas para poner límites o relaciones que terminan haciéndote sentir de formas conocidas.
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Te dices que ya deberías haberlo superado.
Ha pasado tiempo y racionalmente sabes que aquello terminó, pero emocionalmente no consigues dejarlo atrás.
“Ya pasó. Entonces, ¿por qué sigo sintiéndome así?”
Porque que algo haya terminado no significa necesariamente que hayamos podido procesarlo e integrarlo.
Cuando hablamos de trauma, no hablamos solo de lo que ocurrió.
Tendemos a relacionar la palabra trauma con acontecimientos extremadamente graves.
Pero para comprender el trauma no miramos únicamente qué sucedió, sino también cómo pudo vivirlo esa persona, qué recursos tenía en ese momento, qué apoyo recibió y cómo pudo procesar la experiencia.
Puede haber experiencias puntuales que resulten profundamente difíciles.
Y también situaciones que se mantienen o se repiten en el tiempo: relaciones inseguras, pérdidas, rechazo, negligencia, violencia, experiencias durante la infancia o circunstancias en las que hemos vivido durante demasiado tiempo sintiéndonos desbordados, indefensos o sin recursos suficientes para afrontarlas.
No se trata de comparar historias ni de decidir quién ha sufrido más.
Se trata de comprender qué huella ha dejado una experiencia en la persona que la vivió.
Tu cuerpo también guarda parte de tu historia.
Cuando vivimos una situación amenazante, nuestro organismo pone en marcha respuestas destinadas a protegernos.
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Luchar.
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Huir.
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Quedarnos paralizados.
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Buscar ayuda.
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Desconectarnos cuando la situación resulta demasiado difícil de afrontar.
Estas respuestas pueden tener sentido en el momento en el que aparecen.
El problema surge cuando nuestro sistema continúa reaccionando en el presente ante señales que de alguna manera le recuerdan a aquello que ocurrió.
Por eso algunas personas dicen:
“Sé que estoy a salvo, pero no me siento a salvo.”
Y esa diferencia entre saberlo y sentirlo puede ser muy importante en el trabajo terapéutico.
¿Cómo trabajamos el trauma y las experiencias difíciles?
No existe una única forma de trabajarla porque tampoco existe una única causa. El proceso comienza comprendiendo cómo se manifiesta la ansiedad en ti, cuándo aparece, qué situaciones la activan y qué función puede estar cumpliendo. A partir de ahí trabajamos diferentes aspectos según las necesidades de cada persona.
01 · Comprender
Observamos qué situaciones se repiten en tus relaciones, qué emociones aparecen y cómo sueles responder cuando sientes inseguridad, rechazo, distancia o conflicto.
02 · Estabilizar y regular
Antes de abordar determinadas experiencias, trabajamos los recursos necesarios para poder reconocer y regular emociones y recuperar progresivamente una mayor sensación de seguridad.
03 · Procesar
Cuando la persona está preparada y resulta adecuado, trabajamos sobre experiencias que continúan activándose mediante abordajes especializados en trauma.
04 · Integrar
El objetivo es que aquello que ocurrió pueda formar parte de tu historia sin seguir irrumpiendo en tu presente con la misma intensidad.
EMDR y psicoterapia del trauma
EMDR —Eye Movement Desensitization and Reprocessing— es uno de los abordajes psicoterapéuticos que utilizamos para trabajar con experiencias que continúan generando malestar.
Parte de la idea de que determinadas experiencias pueden no haber sido procesadas de forma suficientemente adaptativa y continuar asociadas a emociones, sensaciones corporales, imágenes o creencias que se activan en el presente.
El trabajo terapéutico busca facilitar su procesamiento e integración.
El objetivo no es olvidar lo que ocurrió.
Es poder recordarlo sin sentir que sigue ocurriendo ahora.
El uso de EMDR se integra siempre dentro de un proceso terapéutico y se valora individualmente en función de las necesidades y el momento de cada persona.
No todo lo que nos ha hecho daño se recuerda como una gran experiencia traumática.
A veces llegamos a terapia pensando: «No me ha pasado nada tan grave». Sin embargo, detrás puede haber una historia de estar pendientes de los demás, aprender que expresar ciertas emociones no era seguro o tener que crecer demasiado rápido.
También puede haber pérdidas, rechazo, humillaciones o relaciones que fueron debilitando nuestra seguridad. O momentos en los que necesitamos algo que no pudimos recibir.
No necesitamos convertir cada experiencia difícil en un trauma, pero tampoco minimizar lo que nos hizo daño porque «podría haber sido peor».
Tu experiencia no necesita compararse con la de nadie para poder ser escuchada.
PSICOLOGÍA INFANTIL Y ADOLESCENTE
Cuando las experiencias difíciles ocurren durante la infancia
Los niños también pueden vivir experiencias que superan su capacidad para comprender lo que está ocurriendo.
Y no siempre pueden contarlo.
El malestar puede aparecer a través de miedos, rabietas, problemas de sueño, regresiones, dolores físicos, dificultades escolares, aislamiento, hipervigilancia, necesidad de controlar, problemas en las relaciones o cambios en su comportamiento.
Pero el trabajo con infancia requiere mirar mucho más allá de una lista de síntomas.
Importa qué ha vivido ese niño o niña, en qué momento de su desarrollo ocurrió, cómo lo comprendió, qué apoyo tuvo y cómo está respondiendo actualmente su entorno.
Por eso trabajamos también con las figuras adultas de referencia.
Porque cuando un niño o una niña llega a consulta, también llega su familia.
Desde la psicología infantil y adolescente podemos acompañar tanto al menor como a su entorno para comprender qué está ocurriendo y favorecer nuevamente experiencias de seguridad, regulación y vínculo.
DESHACIENDO NUDOS, TEJEMOS EL FUTURO
Tu historia explica cosas de ti. No tiene por qué decidir por ti.
- No necesitas saber si lo que viviste “fue suficientemente grave”.
- No necesitas llamarlo trauma.
- Ni recordar perfectamente lo ocurrido.
